lunes, 5 de diciembre de 2011

La comida


Comimos juntos, en un absoluto silencio, el mío causado por las innumerables preguntas que llenaban mi mente y por la cara angelical de Angeline, el de ella posiblemente por pura timidez o quizás por la expresión de mi cara, que seguro estoy que no reflejaba tranquilidad.  Ella comía con avidez, no se lo reprocho pues tenía pinta de llevar días sin comer, o por lo menos sin hacerlo en condiciones.

Terminamos de comer, un poco de estofado con conejo, algunas frutas frescas y un poco de vino. Recogí todo con el mismo silencio en el que había transcurrido la comida. Cuando finalmente había terminado, Angeline estaba de pie:

-Gracias por todo, ha sido una comida esplendida. Siento no tener nada para recompensar tu amabilidad, y sobre todo siento haberte intentado robar.-  La cara de Angeline se ruborizó un poco, mostrando un signo de vergüenza.

No sabía que decir, no trataba con una persona más allá de un trueque comercial desde que mi abuelo murió. Me quedé de pie, sin moverme, sin poder mirarle directamente a los ojos. Me sentía estúpido.

-No te molesto más,  de verdad que no sé como mostrarte mi gratitud…- Dijo cada vez con voz más tenue.- Adiós…

Fue esa palabra la que hizo que saliera de mi ensimismamiento, no quería que se marchara, quería hacerle las mil preguntas que me rondaban la cabeza, quería disfrutar por primera vez en tanto tiempo de la simple compañía de una persona, no quería que siguiera malviviendo por aquellos peligrosos bosques. Se estaba dando la vuelta, se dirigía hacia la puerta, cuando atiné a separar mis labios:

-Es…Es…¡Espera!

Sin darse la vuelta me respondió.- ¿Si?

-No tienes porque irte, es decir, si quieres…- Mis palabras eran torpes y salían de mi boca a tropezones.

-¿De verdad?- Dijo entrecortadamente.

-… Si…

Se dio la vuelta, sus ojos estaban anegados en lágrimas, sus mejillas enrojecidas, y sus labios sonreían felices.


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