Comimos juntos, en un absoluto silencio, el mío causado por
las innumerables preguntas que llenaban mi mente y por la cara angelical de
Angeline, el de ella posiblemente por pura timidez o quizás por la expresión de
mi cara, que seguro estoy que no reflejaba tranquilidad. Ella comía con avidez, no se lo reprocho pues
tenía pinta de llevar días sin comer, o por lo menos sin hacerlo en
condiciones.
Terminamos de comer, un poco de estofado con conejo, algunas
frutas frescas y un poco de vino. Recogí todo con el mismo silencio en el que
había transcurrido la comida. Cuando finalmente había terminado, Angeline
estaba de pie:
-Gracias por todo, ha sido una comida esplendida. Siento no
tener nada para recompensar tu amabilidad, y sobre todo siento haberte
intentado robar.- La cara de Angeline se
ruborizó un poco, mostrando un signo de vergüenza.
No sabía que decir, no trataba con una persona más allá de
un trueque comercial desde que mi abuelo murió. Me quedé de pie, sin moverme,
sin poder mirarle directamente a los ojos. Me sentía estúpido.
-No te molesto más,
de verdad que no sé como mostrarte mi gratitud…- Dijo cada vez con voz
más tenue.- Adiós…
Fue esa palabra la que hizo que saliera de mi
ensimismamiento, no quería que se marchara, quería hacerle las mil preguntas
que me rondaban la cabeza, quería disfrutar por primera vez en tanto tiempo de
la simple compañía de una persona, no quería que siguiera malviviendo por
aquellos peligrosos bosques. Se estaba dando la vuelta, se dirigía hacia la
puerta, cuando atiné a separar mis labios:
-Es…Es…¡Espera!
Sin darse la vuelta me respondió.- ¿Si?
-No tienes porque irte, es decir, si quieres…- Mis palabras
eran torpes y salían de mi boca a tropezones.
-¿De verdad?- Dijo entrecortadamente.
-… Si…
Se dio la vuelta, sus ojos estaban anegados en lágrimas, sus
mejillas enrojecidas, y sus labios sonreían felices.

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